El tiempo perdido, hasta los santos lo lloran

Hace algunas semanas conocí a don Roberto, originario de Zacapa. Él se encontraba haciendo unos trabajos de mantenimiento en la casa de unos amigos míos. Ayudándolo estaban dos niños, entre los 11 y 13 años de edad. Le pregunté si eran sus hijos, a lo que me contestó que uno sí y el otro era un sobrino. Me contó que junto a su familia habían decidido traerlos a la ciudad a trabajar para que no perdieran el tiempo, mientras su escuela abría de nuevo. Noté que estaba decepcionado. Me dijo que no entendía cómo estos abusos pasaban por alto.

 

La indignación de don Roberto no estaba de más. Para ese entonces su hijo y su sobrino llevaban más de una semana sin recibir clases. Los maestros de la escuela de su comunidad se habían unido al paro para exigir al gobierno un aumento salarial. Pero ellos no fueron los únicos. Casi un millón de niños y jóvenes de doce departamentos de nuestro país, pasaron sin recibir clases 21 días debido a la ausencia de más de 5 mil 360 maestros. Además, 20 Direcciones Departamentales de Educación fueron tomadas por miembros del Sindicato de Trabajadores de Educación de Guatemala (Steg). Según cálculos de Empresarios por la Educación (ExE), esta suspensión de labores representó una pérdida de Q6 millones diarios por pago de sueldos a docentes.

 

Ante esta preocupante situación, entidades como ExE, la Cámara del Agro, la Gran Campaña Nacional por la Educación y grupos organizados de padres de familia en distintas localidades de nuestro país, se pronunciaron para proteger el derecho a la educación de nuestros niños y jóvenes. Afortunadamente el pasado viernes, tras una reunión entre representantes de Mineduc, Mintrab, Steg y PDH, los maestros se comprometieron a regresar a sus aulas a inicios de esta semana. Por su parte, la PDH establecerá una “mesa continua de trabajo para garantizar el derecho a la educación”, y el Mineduc se comprometió a reunirse con la Comisión de Finanzas del Congreso para continuar gestiones que permitan la ampliación del techo presupuestario.

 

No estoy en contra de dignificar la profesión docente, todo lo contrario. Todos queremos maestros bien remunerados, pero tal remuneración es tan solo un elemento del proceso de dignificación. El pacto colectivo en cuestión no aborda ninguno de los importantes elementos que dicho proceso debería de incluir como la mejora de la calidad educativa, la meritocracia e incentivos alineados con mejoras en el aprendizaje real de los alumnos. Recordemos que hoy contamos con un sistema de aumento salarial basado en antigüedad, no en mérito. Dignificar al magisterio no se trata únicamente de subir el salario. Sin duda es fundamental ofrecerles salarios competitivos y condiciones laborales dignas, pero esto debe ir de la mano de su rendimiento y sus logros. Todo acuerdo debe ser justo, debe velar por mejoras y, sobretodo, debe exigir resultados.

 

La realidad es que el presupuesto no alcanza. No hay recursos para financiar en su totalidad los Q960 millones que comprometen el pacto colectivo. En todo caso, si el gobierno logra hacerle frente, este aumento no debe ser un cheque en blanco. Debe aprovecharse para introducir factores que incidan en la calidad educativa. Espero que la mesa establecida, si bien extemporánea, sea un espacio en donde se traten los temas que realmente importan. En ese sentido, es importante que incorporemos en esta discusión los elementos del nuevo pacto educativo propuesto hace algunos meses: (i) la incorporación de la meritocracia en las políticas docentes, orientada a resultados, (ii) el fomento del diálogo público para analizar los elementos del pacto educativo que entrará en vigencia en 2019 y así evaluar su viabilidad y (iii) otorgar bonos salariales a aquellos maestros que cumplan ciertas condiciones.

 

Estamos perdiendo tiempo y, como bien dice el dicho, el tiempo perdido hasta los santos lo lloran. Millones de niños y jóvenes han perdido días enteros de clases, tiempo que difícilmente podrán recuperar. Seguimos estancados en un modelo educativo que atiende las necesidades del pasado. Seguimos en la misma discusión sobre pactos colectivos de miras estrechas. Seguimos limitando a nuestros niños y jóvenes, impidiendo que adquieran las competencias mínimas para enfrentar el mundo y vedando su derecho a una educación de calidad. Seguimos desperdiciando las valiosas y contadas oportunidades que tenemos para hacer las modificaciones que nuestro sistema exige con urgencia. ¿Cuánto tiempo más vamos a dejar pasar?

 

 

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