El ideario

Por Roberto Ardón para la revista de la Cámara de la Construcción de Guatemala

 

Estuve recientemente participando en un encuentro sobre empresas y derechos humanos en la Ciudad de Medellín. En este foro, varias empresas presentaron los esfuerzos que realizan en distintos ámbitos más allá de lo puramente empresarial, y durante el curso de una de las exposiciones, el orador de turno hizo mención a un código de conducta que su empresa, un gigante de las Bebidas gaseosas de origen Mexicano, había adoptado hace muchos años ya, y que era fruto del pensamiento de su fundador. Este código de conducta se llama Ideario Cuahtémoc y es una serie de pautas de conducta aplicables tanto a la alta dirección como a los operarios de la empresa.

De este ideario me llamo la atención su sencillez; su conexión con el sentido común, su carácter práctico.  Y quiero traerlo a colación en este artículo, porque al hilo del documento 2012, nuevo principio, que presentó el sector empresarial hace ya varios meses, se proponía allí una reflexión, de carácter personal primero y luego colectiva como gremio, en el sentido de poner por delante, en la vida personal y los negocios, las cosas que más importan: los valores. Esto no parece cuestionarlo nadie; es más, escuchamos ahora y cada vez con más insistencia, la importancia de los valores. No obstante ello, es en el orden de su aplicación práctica donde todavía estamos muy lejos de hacerlos una realidad.

Y es allí donde propongo que adoptemos nuestro propio ideario. Una forma sencilla, práctica de empezar a realizar los valores a los que hacemos referencia, pero empezando por las cosas cotidianas, las que hacemos todos los días. Es la fuerza de la práctica y del ejemplo lo que irá cambiando, nuestra actitud primero y luego la de aquellos que nos rodean. Pero sobre qué podemos y debemos actuar? Paso a exponer:

Hagamos ciudadanía en el tráfico. Adoptemos un código de uno a uno pasamos todos. Que sencilla es aplicar esta regla para que en la salida de un centro comercial, de un concierto, de cualquier evento de gran concentración de vehículos, podamos circular ordenadamente. Asi todos sabemos cuándo y cómo nos toca pasar. Pero no basta convertirnos a la regla; busquemos explicarla a los encargados de estacionamientos y parqueos, pidamos a las entidades de servicio (Rotarios,  por ejemplo) que se haga una campaña sobre ello, exijamos que se haga parte de la currícula de las academias de enseñanza de manejo o que sea prerrequisito del otorgamiento de la licencia el explicarla y ponerla en práctica.

Abortemos las generalizaciones en las conversaciones. Muchas veces utilizamos categorías muy amplias para comentar o criticar.  Cuando esto ocurre los matices se pierden y solemos englobar en un juicio muy duro a todo un colectivo de personas, impidiendo distinguir aquellas personas que son valiosas, de aquellas que lo son menos. Igualmente seamos policías de la conversación para estar atentos allí mismo cuando escuchemos que esas generalizaciones son utilizadas por otros.

Cero tolerancia al desorden.  En cuantas ocasiones el desorden se vuelve parte de la escena. Tomemos la actitud, en donde estemos y adonde vayamos, de exigir limpieza, de asegurar la estética y el cumplimiento de las normas y actuemos también en consecuencia. No se vale argumentar que por el hecho de no ser mi desarreglo, no me toque a mí contribuir a arreglarlo. En cualquier aspecto de la vida, la repetición deliberada de los actos se convierte en luego en un hábito mental. Programémonos para rechazar automáticamente el desorden.

Regalar un libro. Aun cuando hoy la atmósfera social apunta en otras direcciones, tengamos la práctica de regalar un libro. Escoge un tema interesante y explica a su destinatario por qué es importante leerlo. Todo lo relacionado a la cultura, la música, el arte, la religión, tiene facetas muy poderosas para las personas y hay autores que así lo transmiten en sus obras. Explica también a tus hijos que aprender a leer es tener la llave en sus manos para no aburrirse nunca más en la vida.

Darle valor al tiempo. Ser puntual al inicio de una reunión, te da derecho a ser puntual a la salida. Haz de eso una norma y explícalo con quienes convives profesionalmente. Tomar la práctica de anunciar de antemano cuanto tiempo se invertirá en una reunión es un buen recurso. De esa manera todos están sabidos y deben ajustarse a las condiciones de tiempo de los demás.

Haz escuchar tu opinión.  He estado presente en conversaciones, algunas de ellas sobre temas tremendamente sensibles, en las que las personas dejan de dar su opinión por temor, por indolencia o simplemente por no llevar la contraria. Es así como el sentido común pierde la primera de sus batallas.  Aquello que esté bien, apoyémoslo y aquello que no, objetémoslo, con respeto pero con vehemencia. La sociedad tiene que hacer opinar y tomar en cuenta a sus mejores elementos. Pero depende de nosotros que así ocurra.

Ciertamente estos temas pueden parecer ser muy livianos o quizás hablar de un ideario implica ahondar en bastantes más cosas que estos pocos puntos, pero propongo que empecemos por pasos pequeños. Cambiar una sociedad afectada y orientarla hacia una de mejor convivencia empieza por ese espacio personal que es la conciencia. Pero no pensemos que con ello poco hacemos; el cambio personal implica llegar más temprano que tarde a quienes nos rodean y los ejemplos, como sucede también con las ideas, tienen consecuencias. Hagamos entonces, como decía José Martí, de la virtud una moda.

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