Drogas: de la fiesta a la tragedia

En EE.UU., a la cocaína le dicen “la droga de la fiesta”. Allá están de fiesta y aquí estamos poniendo los muertos. Allá, 21 millones consumen drogas. Acá, Guatemala, Honduras y El Salvador sufren con más de 10.000 muertes por año.

El padre de la penicilina, Alexander Fleming, en algún momento dudó si debía compartir su invención con el mundo. Sabía que existía el riesgo que su medicina no fuese siempre aplicada con la intensidad y rigor requeridos, y que eso podría producir una variante de bacteria resistente a los antibióticos.

Estados Unidos lleva 40 años y más de US$1 trillón gastado en la guerra contra las drogas. Sin embargo, aún 9% de su población –21 millones de estadounidenses– consumen drogas en forma activa. Indiscutiblemente hay avances. Se logró reducir drásticamente el uso de las rutas marítimas y aéreas desde Colombia. Sin embargo, la guerra solo ha sido suficiente para mitigar el crecimiento de esta industria.

A raíz de las acciones, el comercio se desplazó hacia rutas terrestres a través de Centroamérica y México y, como es evidente, el negocio continúa, y en forma muy rentable.

Como un antibiótico aplicado sin la fortaleza, la consistencia o la amplitud necesaria por 40 años, los grupos a quienes se pretendía afectar se han vuelto resistentes a la medicina.

Ciertamente ayudó que, al verse obligados a abandonar su entorno natal, los bichos cayeron en la caja de petri de México y Centroamérica. La región les proveyó de un entorno propicio para su desarrollo y fortalecimiento.

Encontraron instituciones débiles y fácilmente corruptibles, que les permitieron coexistir y crecer sin limitación. Encontraron también poblaciones jóvenes y en pobreza, ansiosas de encontrar una salida a su condición de miseria.

Con el pasar del tiempo, sus raíces dentro de las estructuras de poder se robustecieron, sus células organizativas se poblaron y llegaron a gobernar amplias extensiones de nuestros territorios. En ese caldo de cultivo se lanza el Plan Mérida. Se decide incrementar la dosis de la medicina y aplicarla en otra parte del cuerpo.

Sin embargo, la enfermedad ahora está mucho mejor preparada y se manifiesta como un narcoterrorismo con una virulencia inesperada: demostrando su capacidad de coercionar a los Estados y de producir intimidación en la población en general.

Indicios preocupantes

Estos grupos de terror, con su propia agenda, han desarrollado vínculos de cooperación con otras organizaciones terroristas alrededor del mundo.

Por ejemplo, en los últimos 10 años se han encontrado 125 túneles en la frontera entre México y Estados Unidos para cruzar drogas, armas y efectivo sin detección. No es coincidencia que la tecnología y sofisticación de esos túneles se asemeja a aquellos encontrados entre Israel y Egipto y en Gaza.

Otro ejemplo, el caso de Walid Makled, recientemente extraditado de Colombia a Venezuela. “El Árabe”, como se le conoce, es uno de los narcotraficantes más importantes del continente, con un negocio estimado de más de 10 toneladas de cocaína al mes. Los medios comentan de los presuntos vínculos de “el Árabe” con grupos terroristas de corte fundamentalista islámico.

Además, “el Árabe” presume sobre la cantidad de legisladores y generales venezolanos que forman parte de su planilla. Así que no debe sorprendernos que los objetivos, las tácticas y el grado de violencia del narcoterrorismo de esta región cada día se parezca más al terrorismo del Medio Oriente.

Desde Estados Unidos –y quizá debamos incluir Canadá– hasta Colombia –y quizá debamos incluir Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú–, el tema del narcoterrorismo se ha convertido en un tema de seguridad de Estado. Nada más y nada menos que la seguridad regional está en juego.

3 X 3

Para afrontar este problema, debemos reconocer que el problema del narco realmente son tres problemas: el tráfico de drogas, el tráfico de armas y el tráfico y lavado de dineros ilegalmente logrados.

A su vez, estos tres problemas deben ser abordados desde tres agregaciones geográficas distintas: desde Estados Unidos, desde acciones coordinadas a nivel regional, y localmente desde cada país.

Esto nos lleva a una “matriz 3 x 3” de acción:

Estados Unidos

En Estados Unidos a la cocaína le dicen “la droga de la fiesta”. Allá están de fiesta y aquí estamos poniendo los muertos.

Aunque somos el 8% de la población mundial, representamos el 40% de los homicidios. Dada la virulencia del fenómeno y la frustrada guerra contra las drogas a la fecha, me parece que se deben de replantear ciertos debates históricos.

Por ejemplo, ¿sabían ustedes que el uso de cocaína se puede detectar usando un solo pelo? Y si es tan fácil, ¿por qué no hacer dicha prueba a todos los estudiantes de High School? ¿Cómo se puede comparar el dolor de jalarse un pelito contra el gran dolor de las más de 10.000 muertes por año que estamos sufriendo en Guatemala, Honduras y El Salvador?

En otro frente, UPS, la empresa americana de paquetería, mueve y rastrea 15.6 millones de paquetes… ¡al día! En el mundo actual de la tecnología, es inconcebible que no exista un registro electrónico que permita el rastreo de las armas producidas en Estados Unidos.

Regional

El narcotráfico es un fenómeno global. El sistema implica una compleja y altamente coordinada logística, desde la producción en Suramérica, a las maras en El Salvador y Guatemala, y hasta la entrega a sus contrapartes en ciudades como Chicago.

Afrontar el problema implica unirnos como Centroamericanos y crear espacios de cooperación y confianza entre los actores de la región. Eso parte por fortalecer las instituciones de coordinación regional como el SICA; el apoyarnos en la Red de Tanques de pensamiento para proveer insumos desde una visión regional; o la creación de Unidades Especiales de Investigación en El Salvador y Honduras, y que esas unidades de investigación e inteligencia puedan operar en equipo, con otras que existen en la región, para investigar el movimiento físico de drogas, movimientos de armas y lavado de dinero.

Local

Quisiera remarcar la importancia de iniciativas tales como la prevención, como el fortalecimiento institucional y como recuperar el control territorial y desarrollar capacidades para cuidar nuestros puertos y fronteras.

Se estima que se requerirá de una División del Ejército para cumplir con el objetivo. Hoy tenemos un gasto militar de tan solo el 0,4% del PIB, colocándonos como el país 136 de 139 de acuerdo a gasto militar como % del PIB. Se nos fue la mano y hoy tenemos que dar marcha atrás.

Además, hay que resaltar la importancia de invertir y repensar los penitenciarios para que sirvan en su objetivo de reinserción social, ya que actualmente la calle se controla desde la cárcel.

El reto será definir una lista priorizada de acciones para cada una de las nueve celdas, los tres ejes temáticos y los tres niveles de agregación geográfica.

Rol empresarial

Previo a actuar, entonces, tendremos que estimar el retorno sobre inversión de distintas acciones y la priorización de las mismas. Si como sector privado queremos opinar al respecto, nos debemos educar sobre la temática.

Es por ello que en Guatemala la Fundación para el Desarrollo de Guatemala, (Fundesa), el Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (Cien) y el Comité Coordinador de Organizaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF) se han activado para hacer un profundo diagnóstico en la materia.

Nada más y nada menos que nuestros países están en juego, y de ahí la importancia de que el sector se comprometa y se active para ejercer su rol como auditor social y como aliado en el logro de objetivos y metas específicas que nos planteemos como países y como región.

Todos los actores vamos a tener que hacer un gran esfuerzo para encontrar fuentes de financiamiento para esta lucha contra el narcoterrorismo. Guatemala está catalogada como el país 139 de 139 desde el punto de vista de los costos de inseguridad que deben ser absorbidos por las empresas para operar. Se estima que costos como guardias privados, primas de seguro, mermas por robo y otros, suman 7,7% del PIB del país.

Estos costos adicionales, en alguna medida, se trasladan al consumidor, quien paga el precio de vivir en un país inseguro. Hoy estamos ya gastando fuertes sumas en seguridad, pero no porque estemos gastando más hoy nos sentimos todos más seguros.

Lo que pasa es que conforme se ha erosionado la capacidad del Estado de brindar seguridad ciudadana, hemos ido creando esquemas paralelos de seguridad que necesariamente son menos eficientes.

Por ejemplo, hoy malgastamos en una seguridad privada que excede cinco contra uno a la policía estatal. Un menor gasto en materia de seguridad representaría una importante fuente de competitividad relativa. Además, se traduciría en mejores precios y ahorros para el consumidor local.

Para lograrlo tendremos que migrar a nuevos esquemas, y le tendremos que apostar a iniciativas que han sido exitosas en otros países, tales como Ciudades Seguras; una metodología de organización de la seguridad citadina que apalanca el poder de distintas tecnologías, tales como cámaras digitales.

En Guatemala, la Asociación Ciudades Seguras, liderada por miembros del sector privado, estima que la estrategia integral de Ciudades Seguras, en los cinco municipios más violentos a nivel nacional, costaría entre US$40 millones a US$50 millones, incluyendo costos operativos, y podría reducir la tasa de homicidios nacional en por lo menos 15%.

Recientemente, CIEN y FUNDESA estimaron que una reducción de 14% en la tasa de homicidios produciría un 1% de incremento en el crecimiento anual del PIB. Ese 1% de crecimiento generaría, solo por el efecto de velocidad, US$200 millones en impuestos adicionales. Y esos impuestos adicionales principalmente provienen de IVA importador.

¿Y quién es el socio comercial más grande de Guatemala? Estados Unidos. Seguido de México, así que invertir en la seguridad guatemalteca produciría también beneficios directos para nuestros socios comerciales.

El proyecto puede generar un retorno de cuatro a uno… ¡en tan sólo un año! Sin embargo, para que el anterior ejercicio sea válido y para que mi fórmula se sostenga, se tiene que producir una reducción real en la tasa de homicidios.

Comprar US$50 millones en cámaras no garantiza nada. Debe ser un esfuerzo diseñado cuidadosamente, con la participación conjunta de gobernación, las municipalidades, los cuerpos de emergencia, los actores de inteligencia estatal y la ciudadanía.

En resumen, el paciente de la región Mesoamericana está en crisis. La cuestión del narcoterrorismo es un tema de seguridad nacional que debe de ser abordado en forma integral.

La matriz de 3×3 de medicinas debe incluir acciones contundentes en cada una de las casillas, siendo los encabezados de cada eje: las drogas, las armas, el dinero; y Estados Unidos, la coordinación regional, y las acciones locales.

Por último, se requerirán importantes aportes y compromisos de todos los actores. Los esfuerzos pueden producir un claro retorno sobre inversión, si así lo exigimos.

El sector privado, si así se lo propone, puede jugar un rol como auditor social y aliado en el logro de objetivos y metas específicas que nos planteemos como países y como región.

Como nos recomendaría Fleming, debemos aplicar la medicina con la intensidad y rigor requeridos. El paciente no tiene más que esta única oportunidad, si desea salvarse.

Nota: este artículo fue publicado en la edición de diciembre de 2011 de la revista Estrategia & Negocios.

Pulse aquí para ir al resumen de dicha edición.

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